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Crónica de la señora Cuquita Serratos: Barrio de la Trinidad

Foto del escritor: LaOtraBanditaLaOtraBandita

Actualizado: 18 may 2021

Contenido promovido por el Instituto de Experimentación y Formación Artística A.C. con el Centro Cultural La Otra Banda.


Trascrito por Carolina Varela

18 de noviembre de 2020.



Antes que nada, quiero agradecer afectuosamente al maestro Vicente Osorio, director del Centro Cultural “La Vía” por la invitación a participar en este evento tan importante para todos nuestros barrios y a todos ustedes por acompañarnos y ser partícipes de nuestras tradiciones.

Mi nombre es Cuquita Serratos y soy orgullosamente del barrio de la Trinidad. Quiero platicarles que al norte de esta linda y hermosa ciudad de Querétaro se encuentra mi barrio, el barrio de la Santísima Trinidad. Compuesto antiguamente de 5 callejones, hoy llamadas calles, las cuales llevan los nombres de Unión, Rayón, Comonfort, Garambullo y Marte. Se encuentran rodeadas de Mártires de Tacubaya y Galeana respectivamente. Esta última calle, podría decirse, era lo último de aquel Querétaro de antaño. Para llegar al centro de la ciudad contábamos con el puente de La Nava. Aquí pasaba el agua cuando venía de la Norita y que alimentaba las puertas del señor Yaca, que se encontraban en la calle del Sabino, ahora llamada calle Primavera. Otro puente era el de Frijomil, ubicado al terminar la calle de Rayón e iniciando la Avenida Universidad, antes Ribera del Río y por último estaba el Puente Alto, en Mártires de Tacubaya y Otoño. Llegando hasta el puente Colorado, entre Rivera y Paster. O en su caso caminábamos por el hotel para llegar al crucero del tren y de ahí se caminaba por Invierno, llegamos al puente del Márquez tomando por la calle de Juárez para llegar al jardín Obregón, hoy llamado jardín Zenea. Estas eran nuestras vías de salida hacia el centro para poder disfrutar de una bella tarde en nuestros hermosos jardines como el de La Corregidora.

Ahora les platicaré cómo era nuestra gente de antaño. ¡Ah verdad! pues era alegre, bullanguera, dicharachera, humilde, respetuosa y muy trabajadora. Donde existía entre nosotros, sin serlo, lazos familiares y hermandad muy intensos. Uno de esos gratos sentimientos que vienen a mi mente es el recuerdo de cuando alguna persona del barrio dejaba de existir, en ese momento se juntaban entre todos los vecinos para poder llevar azúcar, canela, pan, café o algunas monedas a sus familiares. Esto entre nosotros era algo que cuando uno es pequeño no entiende del todo y que yo al ver estas muestras de afecto únicamente exclamaba diciendo ¡que bonito!

En casa éramos varios hermanos y recuerdo que hasta peleábamos por llevar lo que mi mamá nos daba para regalar a las personas que tenían su pena. Ahora de grande pienso en eso y digo “qué hermosos fueron esos tiempos, que ya no existen, donde todos nos conocíamos” ahora es tanta la gente que ya no sabemos ni quién es quién. Recuerdo que en nuestras casas, en aquellos años, la mayoría eran de adobe, con techo de teja y otras de cartón. Al frente de cada vivienda existían patios grandes y al fondo las famosísimas divisiones de tejas, las divisiones de órganos entre casa y casa. Para que vean que hasta en eso éramos organizados entre vecinos. Esos órganos, cuando era tiempo que floreaban, iba uno a cortar muy tempranito sus flores y degustaba uno su rica y deliciosa miel. Aaaah pero si vas a cortarlas cuando ya salía el sol, las chuparrosas ya te habían ganado y las florecitas ya no tenían miel.

Al interior de las casas, los pisos eran de ladrillo, los cuales serán lavados a rodilla para después ser pintados con congo rojo, polvo muy utilizado en esos entonces en la mayoría de los hogares. Esto se hacía cada 8 días. Sus patios eran grandes de cantera rosa. Las puertas de las viviendas eran de madera, las cuales se les ponía simplemente un hilito y los familiares y vecinos podían jalar y entrar libremente. Algunas de las puertas estaban incluso abiertas durante el día y había mucha confianza y seguridad, no era necesario la llave. Eso se dice con mucho orgullo, pues en la actualidad ya no hay tal seguridad a pesar del cambio de puertas de herrería y de sus chapas sofisticadas, aún así somos sorprendidos por los amantes de lo ajeno ¡Qué tristeza, pero en nuestro Querétaro no pasa nada!

Sus calles eran de piedras y tierra que cuando llovía para qué les cuento, eran ríos y ríos de donde nosotros, los chiquitos, nos encantaba jugar ya que salíamos a colocar nuestros barcos de papel. Corríamos y cortábamos una hoja de cuaderno para hacerlos, ¡aaay! pero cuando nuestros papás nos veían nos decían “-¿qué estás haciendo?” A lo que respondíamos, “es que vamos a hacer nuestro barquito de papel, papá”.

Entonces nuestros padres aterrorizados nos decían -“noo, nooo, te vas a terminar tu cuaderno y no hay dinero para comprar otro, a ver qué vas a hacer”.

Entonces muy tristes tomábamos nuestro periódico, que en aquellos entonces era esencial en casa, como no había papel de baño y éste era el sustituto. Ya ustedes se han de imaginar en dónde quedaban las buenas o malas noticias del gran periódico “El Amanecer”. Y así, nuestros barcos eran hechos con papel periódico, los cuales una vez terminados salíamos a la calle para hacer competencia a ver qué barquito aguantaba más y así nos divertíamos y éramos muy pero muy felices.

En cuanto a los oficios se desarrollaban en el barrio, les platicaré que éramos supuestamente pobres, pero no, éramos inmensamente ricos, pero cuando uno es pequeño no lo ve así hasta que adquiere uno uso de razón.

¡Qué riqueza tan grande teníamos!, pues les contaré los compañeros era un oficio de mujeres y hombres. Éstos tejían las cambayas en los grandes telares, las mujeres trabajaban las canillas y cañones que se fabricaban en redinas, las cuales eran de madera, esas llevaban un malacate donde se ponía afuera a la canilla o el cañón, el cual era de carrizo y la canilla de metal, también era acompañada por una cruceta de madera llamada devanadera, ahí se ponía el calefón de hilo para hacer rellenado el cañón o canilla que más tarde sería puesta en la lanzadera del telar y terminar así, con la colorida tela de cambaya. Con esas telas se elaboraban hermosas servilletas, elegantes manteles, prácticos delantales y hasta novedosos faldas y vestidos. Otro oficio era el del aguador, hombres del barrio que por 20 centrados llevaban el agua a las casas que así lo solicitaran. Un viaje de agua era de dos botes halconeros que eran llevados por un aguantador de madera y acarreados de las llaves que estaban en las esquinas que estaban en las calles o callejones del barrio. En la calle de La Unión había una, otra en Rayón, a media cuadra de Mártires de Tacubaya se encontraban las famosas tres llaves y por último, en las afueras de la capilla de la Trinidad.

Para lavar nuestra ropa acudíamos a la acequia, que estaba en la calle del ferrocarril y Rayón, que aún es el puente de La Nava. Esta agua era la que venía de La Norita, donde también se podía uno ir a bañar, existía el llamado Chorrito, los Casitos, la Tacita ahí las familias acudíamos con nuestros postres hechos en casa y a nadar. ¡Qué hermoso lugar!, ahora es Álamos.

Otro oficio que existía en el barrio era el del cantor. Oficio que era ejercido por el señor Tránsito Martínez, que aún vive, y don José, que ya falleció. Ellos eran solicitados principalmente por las iglesias del centro para misas de novios [Audio no entendible]. El Señor Francisco González Méndez, más conocido del barrio como Don Panchito, era herrero. Trabaja en su vivienda ubicada en la calle de Rayón. Él nos dice que no es herrero, que el nombre correcto de su oficio es fragüero, su trabajo consistía en desarmar los arados, quitar las piezas que ya no sirven y fabricar las piezas faltantes. También hacía las hoces y los segadores, los piscadores para la cosecha, los raspados con los que raspaban los magueyes y herramientas usadas por los campesinos.

Quienes llegaban a componer alcayatas, cinceles, rozaderas para las tunas. En la actualidad Don Panchito sigue ejerciendo este doble oficio, pero con mucho gusto y con mucho corazón. Otro es el del señor Pedro Montoya, era el curtidor del barrio. A su casa llegaban los camiones de pieles, a los cuales les ponía sal de grano para ser llevado más tarde a curtir y después ver las hermosas y calentitas aleas que adornaban las casas del barrio. Él platica que ellos surtían las pieles al [municipio] de León para hacer chamarras, zapatos, bolsas y todo lo que se utilizaba. También estaban los lapidarios, que pulían las piedras preciosas como ópalos, alejandrinas, aguamarina, opalina. Esas piedras en bruto eran paseadas y pulidas en un disco y abrillantadas con diamante. Esta es una cremita que es muy cara, pero con eso, los joyeros limpiaban el oro y la plata de todas las piedras.

También existían los cobijeros, esos tenían sus telares para hacer sus cobijas y por las noches pasaban a entregar a las tiendas del centro. Otros eran los petateros, en aquellos años, entre nosotros no existían los colchones. Eran los puros petates que traían y vendía el señor Don Quilino. Eran matrimoniales e individuales. Las camas en aquel entonces que había eran de cabecera de fierro y tablas. Más tarde llegaron también las camas de tambor y ya con su colchón.

Los artesanos eran unos señores que hacían sillitas de monturas de caballo en pequeño, que se vendían como artesanías acá en el centro y en la estación de aquí del ferrocarril. Los baleros ellos hacían desde ese entonces las varitas deliciosas que ahora vemos con las manzanas con dulce y puestas en un palito y metidos en una vara grande. En aquellos entonces además de la manzana también había guayabas y tejocotes, que eran las más usuales y las más vendidas. En ese entonces era muy bonito, pues los señores trabajaban todo el día y por la tarde llegaban personas a sacar sus varitas para salir a vender a las calles y jardines del centro.

Los canasteros: aquí eran familias enteras trabajando sus canastas de raíz o varas. Hacían canastos para la ropa, tascales para las tortillas, que en esos tiempos era un orgullo ir al mandado con sus canastas de vara y raíz o para llevarles el almuerzo al esposo, al papá o al hermano, luciendo su canasta tapada con una hermosa servilleta bordada a mano, deshiladas y muy adornadas con sus grandes picos, también tejidos a mano.


¡Qué bellos e inolvidables tiempos!


Los ganaderos; estos eran las personas que tenían ganados grandes de bueyes, vacas, chivas, borregos [gracias] en sus casas y a diario iba uno a comprar la leche. Cada familia tenía su entrego diario, había veces que iba uno tarde ya no alcanzaba. Se iba uno a otro lado, pues había muchas casas en donde se podía adquirir el sabroso líquido vital para el crecimiento.

Las tortilleras; estas mujeres eran las que elaboraban y entregaban sus tortillas en las casas del centro de Querétaro. Ellas por la tarde cocían su maíz, o sea, el nixtamal, para ser llevado al molino. Al día siguiente, el molino abría a las 3 de la mañana. Paso siguiente...hacer las riquísimas tortillas a mano y a cocerlas en el comal de barro, el cual era puesto en un fogón con leña y a trabajar, para más tarde llevar las tortillas calientitas a la hora que fueron solicitadas.

Los pajareros; había señores que a muy temprana hora salían de sus viviendas con sus trampas, que eran jaulas hechas por ellos mismos, en el barrio y se iban a los cerros, exclusivamente a atrapar a los pajaritos, que en ese día tenían la mala suerte de caer en sus trampas, los cuales posteriormente eran vendidos en las plazas y mercados a muy buen precio.

La partera; ¡Aaah! No podía faltar este personaje tan grande, que era la señora Angelita, así conocida por todo el barrio, pues en esos tiempos, no había tantos sanatorios y menos para la gente humilde. Nada más había el Hospital General que se encontraba en Santa Rosa de Viterbo o maternidad que se encontraba sobre la calle de Madero, número 10 casi esquina con Guerrero. Esta gran señora, de la cual les platico, era atinadisísima pues al revisar la paciente le decía el sexo y el día que nacería la criatura. Fue muy querida y admirada por todo el barrio.

Las leyendas; pues hay muchas, pero las más famosas, creo que es la de La Llorona. Personaje que seguramente en todos lados aparece. Una historia muy recordada por mí, con mucho cariño, es la de mi abuelito Santos Arellano. Él contaba que una noche venía del centro medio cuete, bueeno, yo digo que cuete y medio… Bajó el puente de Frijomil, caminó hasta llegar a la calle de Primavera y de repente vio a una mujer muy pero muy hermosa por detrás, por detrás ja, ja, ja… Alta, con un bonito cuerpo moldeado, el pelo largo como recién bañada, caminando muy de prisa para alcanzarla pero al llegar al puente de La Nava, la mujer volteó y ¡oooh! sorpresa. Decía que tenía cara de caballo y los ojos le brillaban como nutria. Mi abuelito corrió y corrió que hasta lo borracho se le quitó. Llegó a su casa temblando del susto y recordando la cara de aquella mujer con cuerpo de tentación y cara de arrepentimiento, como dice el dicho, ¿verdad? Pero mi abuelito decía que sin duda alguna era el diablo.

Otro aspecto, pero muy muy importante son las fiestas de nuestro barrio. Son las dos principalmente. La primera es la de la Santísima Trinidad que se hace a finales de mayo o junio, dependiendo del calendario litúrgico y la segunda es la del Señor de las Maravillas, que se realiza a finales del mes de julio y aunque no es la principal, ésta última adquiere un toque más grande por la devoción que le tiene la gente al Señor por sus grandes milagros. Años atrás llegaba la música desde el sábado por la tarde y salía la gente con canastos grandes de pan y recogiendo la flor y tocando la música para después, en la capilla, ponerse a adornarla.

A estas fiestas viene bastante gente de fuera y de ahí mismo del barrio a pagar sus mandas por algún favor recibido. Salen de sus casas de rodillas sin importarles lo cerca o lejos, llevando flores, veladoras, incluso a sus niños cargados entre sus brazos, iniciando desde el sábado y todo el domingo. Uno tras otro avanza hasta postrarse a los pies del Gran Señor de las Maravillas.

El día domingo a las 3 de la madrugada sale el alba, de cohetes, la música, los frachicos, el gallo, las barolas que se hacían allí mismo en el barrio, era un gran [no entendible]

Recuerdo que había dos señores que tenían, uno tenía telares y el otro tenía un violín. Don Florencio Segura y don Pedro Quevedo. Este último tenía un violín que nos ponía pasos para bailar y salir bailando en las fiestas y Don Florencio nos regalaba la cambaya para confeccionar nuestras faldas y era muy bonito.

Ahora, parte de todo esto, se ha perdido. Bueno, esto es parte de lo que fue mi pintoresco y alegre, buganbero y ahora barrio cuetero.

Ustedes me podrán hacer favor de decirme ¿Éramos pobres?

¿Éramos pobres?

[contestan]

No.

¿Verdad que no? pues no, no éramos pobres, éramos muy ricos en oficios, en trabajos y lo principal y más valioso en esta vida, éramos ricos en alma y en corazón.

Muchas gracias a todos y a cada uno de ustedes por asistir a estos eventos que a mí, en lo personal, me llena de orgullo y satisfacción volver a recordar tiempos atrás y termino como siempre acostumbro en mis escritos, como dice la canción:


“Es mi orgullo haber nacido

En el barrio más humilde,

Alejado del bullicio

y de la falsa sociedad.

Yo no tuve desgracia

De no ser hijo del pueblo.

Yo me cuento entre la gente

Que no tiene falsedad.


Es mi orgullo haber nacido

En el barrio más humilde,

Alejado del bullicio

Y de la falsa sociedad.


Mi destino es muy parejo

Yo lo quiero como venga,

Soportando una tristeza

O detrás de una ilusión.


Yo camino con mi barrio

Muy feliz con mi pobreza

Y como no tengo riqueza,

Tengo mucho pero mucho corazón”.


[Se escuchan aplausos]


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